The floating piers – Christo Javacheff

Hoy queremos acercaros a la obra » The floating piers» de Christo Javacheff.

Como muchos ya sabéis, una representación de La Artigua viajó la semana pasada a Italia, al lago Iseo, a «conocer» la última obra de Christo. Conocer, experimentar, recorrer, imaginar…estos son los nuevos verbos del arte contemporáneo. Mucho a cambiado en el último siglo, y como veis la experiencia artística no tiene por qué darse frente a un cuadro enmarcado en la sobriedad de un museo decimonónico.

Pero antes de entrar en materia, hablemos de Christo. Christo, es un artista bulgaro, frances, americano…un nómada, que junto a su difunta mujer Jean Claude ha recorrido el mundo cambiando el mundo. Christo y Jean Claude, pues es así como firman sus obras, son conocidos por haber empaquetado edificios como el Reichstag de Berlín o el Pont Neuf de París, por haber instalado sombrillas en Japón o por haber colocado unas puertas enteladas en Central Park; obras difíciles de enmarcar y colgar en una pared.

En esta ocasión Christo nos ha invitado a andar sobre las aguas del lago Iseo en unos muelles de tela de un vibrante color amarillo-azafran que flotan sobre miles de cubos de polietileno. Christo a intervenido un paisaje natural, instalando en él elementos que nos hacen sentirlo de otra manera, y esto nos lleva a hablar de «las instalaciones», una de las manifestaciones artísticas, de los géneros, del arte contemporáneo.

Hablar de una instalación es hablar de una experiencia. El artista nos llama a experimentar y a recorrer un espacio creado sólo para ser sentido y por qué no, también entendido. Aurora Fernández Polanco en su libro «Formas de mirar en el arte actual», desarrolla esta idea: la experiencia estética ya no se produce en la obra sino en el espectador, un espectador que deja de ser un agente pasivo para convertirse en el lugar de la obra, tiene que ser un público activo que recorra, imagine y proyecte.

Hablar de instalaciones es hablar también de diversidad. Ya no trabajamos con óleos ante un lienzo en blanco, que también, ahora los medios son infinitos: video, sonido, telas, muebles… cualquier cosa imaginable es susceptible de ser reconvertida en una experiencia estética y esto ya nos hace vislumbrar la complejidad del arte contemporáneo. Pero hay una característica común a todas las instalaciones, su carácter efímero, nacen para morir. Durarán el tiempo que dure la exposición o hasta que el mar decida borrarlas. Este es uno de los grandes cambios que se dieron en el siglo XX, ya no se da tanta importancia a la eternidad de las obras, ya no importa que el mármol tenga vetas que pongan en cuestión su futuro, aquello que tantos quebraderos de cabeza ocasionó a Miguel Ángel, o que imprimemos una tabla con mil capas de aparejo para que la pintura no craquele, ahora el foco está en la idea, en el concepto.Y lo único que nos quedará de las obras será su experiencia y su documentación. Documentación gráfica que dará testimonio de lo que ocurrió para que podamos seguir escribiendo nuevos capítulos en la Historia del Arte. Y dentro de esta documentación se encuentran no sólo las fotografías tomadas de la obra, sino los cientos de dibujos y estudios preparatorios que requiere una obra de esta envergadura tan colosal. Serían la obra virtual, la obra todavía sin cuerpo. Pero todos esos dibujos, a veces de obras que nunca llegarán a materializarse, tienen una entidad propia, y pueden ser considerados de forma exenta, y entrar en el mercado del arte para ser vendidos y sacar rentabilidad a proyectos que de otra manera no podrían llevarse a cabo.

La intervención de un espacio natural nos lleva automáticamente a pensar en Land Art, uno de los movimientos artísticos del siglo XX. El Land Art surge a finales de los años 60 en Estados Unidos cuando un grupo de artistas, más o menos simultáneamente, empiezan a intervenir el paisaje natural, modificándolo. Elementos naturales como la tierra, el agua, el viento o la luz, serán los materiales de sus obras: espirales de piedra en el mar, zanjas cavadas en el terreno, pararrayos… La idea es modificar un paisaje y su relación con el hombre. Robert Smithson o Michael Heizer son algunos de sus representantes. Pero a diferencia de este movimiento, Christo y Jean Claude nunca trabajan en espacios aislados, su soporte no tiene porqué ser un paisaje natural, también podemos encontrar sus obras en ambientes urbanos, y sus telas y cuerdas no son materiales naturales. Y si bien es cierto que Christo y Jean Claude tienen mucho en común con el Land Art, su lenguaje y su plástica tienen una poética propia.

Christo y Jean Claude tienen una vocación hacia lo público, trabajan en espacios públicos, reconvirtiéndolos, reimaginándolos, incluso cosificándolos  en ocasiones, para que sean vistos, recorridos y habitados por un mundo que los ha visto siempre de otra manera. El artista ha visto la realidad con otros ojos, ha imaginado y proyectado un mundo con la sensualidad de los contrastados colores de las telas, su  fragilidad efímera, quizá como metáfora de la contingencia del ser y del paisaje, y nos hace partícipes de él, nos invita a imaginar con él. Da igual que sea andar sobre las aguas en una instalación de Christo, el tacto de los pliegues de Bernini, el brillo de la carne de Rubens, las sombras de Tanizaki, los colores de Ruben Darío  o el olor a primavera de los Beatles, todo nos lleva a ver la vida de otra manera, y es aquí donde surge la magia del ARTE.

http://www.laartigua.com.es

 

 

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