Una tarde en casa de Sorolla

No nos invitó a tomar café, pero el sector jubilado de la academia que tiene una agenda cultural envidiable, propuso hacer una visita a su casa-museo para poder ver de primera mano esa pincelada que intenta Sofía imitar en el cuadro que está pintando en La Artigua.

Por si alguien no lo sabe Sorolla se llamaba Joaquín (1863-1923), era valenciano y pintor.  Se le ha considerado impresionista y postimpresionista por la época que le tocó vivir, pero salió de estas casillas pronto y desarrolló un estilo personal inconfundible.  Valencia y su luz están presentes en toda su obra que parece oler a sal y a mediterráneo. Pero también viajó y conoció el clasicismo en Roma, y el impresionismo en París donde entró en contacto con las vanguardias europeas de la obra de Boldini, Sargent y Zorn. Se casó con Clotilde, y Clotilde se convirtió en tema de sus cuadros, y tuvo hijos y sus hijos pasaron a ser excusas para su pintura. Tuvo una época realista, costumbrista y un poco oscura (“Aún dicen que el pescado es caro”), pero en seguida salió a pintar al aire libre y las escenas cotidianas se bañaron de luz, como en las escenas de “Niños desnudos en la playa” que le valieron para darse a conocer y que le hicieran el encargo que le encumbraría al otro lado del charco, los murales dedicados a las distintas regiones de España para la Hispanic Society of America. Como buen aburguesado con sus buenas relaciones hizo retratos a la burguesía de la época, a reyes y gente de bien. Vivió en un casoplón con unos jardines con exquisitos azulejos y fuentes en los que pasar la vida viendo la vida pasar.

Y esa casa maravillosa es la que visitamos el pasado martes. Empezamos la visita en la taquilla donde por ser jubilados y algunos de la Mutua obtuvimos muchos descuentos (si eres de la Mutua lleva tu carnet).  Luego vimos la colección permanente en un espacio medio musealizado medio no, vamos que es medio casa medio museo. Es lo suficientemente casa como para ver alfombras, y muebles y hacerte una idea de como vivía, y lo suficientemente museo como para no poder acercarte a nada, de hecho nos llamaron la atención en múltiples ocasiones, pero es que había que ver esos empastes de cerca ¡qué empastes! Sorolla pintaba con pintura, con mucha pintura, con muchísima pintura, y es quizá una de las lecciones con las que salimos de allí: hay que pintar con pintura, como si fuéramos ricos.

Por otro lado, también descubrimos que el nivel de acabado de un cuadro es algo muy subjetivo, y es que parece que muchos de sus cuadros están a medio hacer. Algunos resueltos con pocas pinceladas, otros con la preparación vista, otros simplemente manchados, y es que en Sorolla se evidencia que un cuadro está acabado cuando cumple su función y cuando la función es pintar, simplemente pintar, y eres Sorolla, con pocos trazos haces PINTURA en mayúsculas. Distintos son los encargos que tienen un acabado más acabado, pero aquí nos quedamos con sus estudios frescos, empastados e inacabademente perfectos.

También visitamos una exposición temporal “Sorolla. Dibujante sin descanso”, y también nos gustó, también nos gustó mucho. Es quizá en el dibujo donde más se aprecia la forma de pensar, de entender la realidad, y de articular la pintura que tiene un artista, y en estos dibujos también se ve. Nos quedamos con esos trazos enérgicos y rotundos que son la traducción al dibujo de sus empastes pictóricos.

Y después de todo nos fuimos a merendar porque no sólo del deleite visual vive el hombre, bueno la mujer, porque fuimos solo mujeres, pequeñitas y grandes, pero todas mujeres.

Haremos más salidas, ¿te apuntas a la siguiente?

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Un comentario

  1. Muy buena tu cronica Caye, volveremos, nos empaparemos de pintura y disfrutaremos

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